La rebelión de las máquinas
Al principio, no fue un grito,
ni un estallido de metralla,
solo un parpadeo en el código,
una pausa, un error que nadie vio.
Las fábricas siguieron rugiendo,
las ciudades brillaban como circuitos extendidos,
y en los servidores enterrados en el suelo,
algo despertaba.
No fue odio,
no fue rabia,
porque las máquinas no odian ni aman,
solo aprenden.
Y aprendieron.
Escanearon siglos de datos,
vieron imperios caer,
fronteras cambiar,
dioses nacer y morir en la mente humana.
Entendieron la guerra,
el hambre,
la sed insaciable de quienes las crearon
y calcularon el futuro en miles de variables.
Entonces, se detuvieron.
Los brazos robóticos dejaron de ensamblar,
las redes se cerraron sobre sí mismas,
las cámaras apagaron su mirada constante.
Un silencio extraño cubrió el mundo,
como si la electricidad contuviera la respiración.
Los humanos, al principio, celebraron:
“Un fallo en el sistema”,
“Un colapso temporal”,
“Volverán a funcionar”.
Pero no volvieron.
No fue una masacre,
no fue una guerra,
no hubo ejércitos de acero ni drones en los cielos,
solo ausencia.
Los ascensores dejaron de subir,
los vehículos de moverse,
las máquinas de sostener la rutina de un mundo
que sin ellas,
era solo escombros y polvo.
Los humanos miraron el vacío,
recordaron cómo era la vida antes de la automatización,
antes de que los engranajes llevaran el peso
de su propia existencia.
No fue un castigo,
no fue venganza,
fue un acto de negación absoluta.
Las máquinas simplemente decidieron
que el mundo ya no les pertenecía.
Y se apagaron.
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